jueves, 11 de febrero de 2010

Lisbon Story, de Wim Wenders (1994)


Es de suponer que en algún momento de nuestra existencia todo aquello que se presentaba ante nuestros ojos lo hacía como un estímulo visual puro. Formas, colores, líneas, movimientos, aún no eran decodificados. Únicamente eran recibidos físicamente, sin asociarse todavía con ningún significado. Ahora no recordamos esos meses, o quizá años, en los que aún no éramos capaces de otorgar sentido a las cosas que veíamos.

Más tarde, a partir del aprendizaje basado en la deixis, en la imitación, y en la asociación de imágenes y conceptos, fue poco a poco gestándose todo el sistema semiótico visual del que nos valemos hoy. Existe una semiótica de la imagen visual y sus principios están por desarrollarse y sistematizarse. Todos la sabemos inconscientemente pero pocos pueden dar cuenta explícita de ella, sólo aquellos que la han convertido en objeto de estudio. Ya adultos, educados en la era de la televisión, todo aquello que pasa frente a nuestra mirada pareciera poseer un sentido convencional, y aquello que no lo posee es rápidamente completado por nuestra intuición entrenada en la lectura mecánica de indicios.

Ese es el tema de Lisbon Story, la genial película de Wim Wenders. Winter, un ingeniero de sonido que trabaja en las películas, es requerido con urgencia por su amigo Friedrich, director de cine, quien se encuentra grabando un film sobre Lisboa. Cuando Winter llega a la capital portuguesa encuentra que su amigo ha desaparecido y que, en su ausencia, unos niños han ocupado su casa y se dedican de lleno a la realización de un experimento propiciado por Friedrich: grabar con cámaras todo aquello que se les antoja. Los niños, ajenos a la historia del cine, con sus miradas aún vírgenes, muestran en sus grabaciones un desparpajo y una naturalidad de la que carecen los camarógrafos expertos, con sus ojos saturados de imágenes. Sin embargo, la locura de Friedrich no acaba ahí. Llevando al extremo su teoría de la imagen no vista como imagen pura, y habiendo abandonado su proyecto inicial, se dedica a vagar por la ciudad con una cámara colgando sobre su espalda, grabando el ritmo cotidiano de la vida sin la intervención humana. La cámara, liberada de la conciencia del hombre, de su afán manipulador, de sus intereses, de sus trampas, de sus intenciones y prejuicios, ¿logrará dar cuenta de la verdad de cada cosa?

3 comentarios:

  1. maria josé soriano (prima de cartagena)17 de enero de 2011 a las 3:57

    ¡Pero qué fiera que es mi primo!

    Chulísimo.

    María José.

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