Desde que lo vi por primera vez intepretando a Ugarte en Casablanca, no he dejado de interesarme por cualquier película en la que apareciera este extraordinario actor. En el clásico de Michael Curtiz su papel se encarga de incorporar el factor necesario de los salvoconductos, es decir la posibilidad futura de la huída de Laszlo e Ilsa. Su nacionalidad en este filme es ¿española? No lo sabemos, pero su nombre pareciera indicarnos eso. En la vida real, sin embargo, Lorre era Húngaro, y su nombre real no era tal, sino László Löwenstein. Como muchos otros artistas judíos, huyó de Alemania cuando surgió el nazismo. Antes de emigrar a Estados Unidos, hizo una parada en Londres, donde conoció a Alfred Hitchcock, quien lo incluyó en varias de las películas de su etapa británica (The man who knew too much, en la primera versión de 1934, The secret agent, 1936) a pesar de que el inglés de Lorre era aún deficiente y tenía un marcado acento.
Sus inicios cinematográficos comenzaron antes de su partida de Alemania, cuando fue invitado por Fritz Lang a interpretar el papel de un asesino de niñas en M. Lorre, que por entonces era un hombre de teatro, desconfiaba absolutamente del cine, y está documentado que el rodaje fue muy problemático para ambos, en la medida en que Lorre no estaba dispuesto a descuidar su trabajo sobre las tablas, donde intepretaba una obra de Bertolt Bretch, para concentrarse en la película. El tiempo dejó ver las contradicciones de la vida: mientras su actuación en M fue un éxito rotundo, la obra de teatro transcurrió sin pena ni gloria.
M forma parte de una selección doméstica que preparé para los días de Halloween. Los subtítulos de la versión que tengo en casa son pésimos, pero navegando por la red vi que alguien se había molestado en subir el filme completo a You Tube. Volví a verlo en versión original subtitulada en inglés (sé que suena muy pedante, pero así fue). No es ni mucho menos una película de terror aunque maneje algunos elementos de suspense. Es, sobre todo, la presentación en forma narrativa del siguiente dilema: ¿Constituye la enfermedad mental una forma de defensa válida para un asesino en serie?
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En Düsseldorf, Alemania, todo el mundo anda aterrorizado por las acciones macabras de un infanticida. Mientras tanto, las averiguaciones de la policía tan sólo han logrado describir al asesino como alguien que se presenta ante los niños como un amigo y los embauca con regalos y dulces antes de secuestrarlos, matarlos y probablemente violarlos. El asesino, que no deja indicio alguno de sus actuaciones, coquetea sin embargo con el peligro, enviando cartas con pistas a la policía y a los periódicos. La situación de alarma entre la población es tal, que los registros y las inspecciones policiales se vuelven constantes. Los líderes del hampa, muy perjudicados por las intervenciones de las fuerzas del orden, deciden agruparse y tomar cartas en el asunto. Crean así un grupo parapolicial que logra encontrar al asesino. Con el fin de resolver la situación sin acudir a las instancias oficiales, levantan un tribunal que lo juzgue e incluso le permiten contar con la ayuda de un abogado. En este contexto es que se presenta el alegato de defensa del asesino:
¿Quién podrá creerme? ¿Quién sabe lo que es ser como yo soy? Cómo soy forzado a actuar... cómo debo hacerlo, aunque no quiera... ¡Una voz me grita... y yo no puedo evitar oirla! ¿Cómo puedo ser condenado si no soy consciente de lo que hago?
¿No es perfecto para un debate?
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