En la noche de nuestra despedida no fuimos a la playa a hacer hogueras, sino al cine de verano.
El Bahía tenía una inmensa pantalla entre cuatro altos muros manchados de cal. El suelo era de gravilla y la policía no se andaba con chiquitas a la hora de sacar del cine a los gamberros cuando comenzaban a lanzar chinas. Alguien se chivaba siempre, además.
El Bahía se llenaba todas las noches de julio y agosto. El cine era entonces un espectáculo reservado para fechas señaladas, y aquella lo era. Al fin y al cabo, era mi cumpleaños. Pasaban sesión doble, lo que significaba la ocasión de ver dos películas ya estrenadas en el invierno en la ciudad. La sala era un trasegar de niños subiendo y bajando el pasillo central, muchachos y muchachas esperando que apagaran las luces para descubrir el amor bajo el amparo de la cálida noche estrellada y los excitantes labios de las actrices que incitaban a besar. A veces, se oían de lejos los gritos de algún borracho obligado a abandonar la sala abucheado por el personal. Solíamos comprar en la cantina pipas de girasol o palomitas de maíz y coca-colas que debían durarnos las cuatro horas. Cuando las luces se apagaban y ese foco se prendía, realidad y ficción se fundían. Los niños gritaban a los actores en la pantalla, y cuando el malo perseguía a Clint Eastwood, le insultaban hasta que lograban hacerlo caer del caballo. De pronto, en la sala se soltaba una ovación. Lo peor venía cuando, en mitad de la proyección, alguna vez la película se quemaba. Entonces tocaba esperar a que el encargado fuera al otro cine, el Avenida, para traer otra copia. Todos nos girábamos hacia la máquina y empezábamos a silbar y a abuchear al proyeccionista que, impasible, fumaba como si le quedara toda la vida por delante. Claro, él ya sabía el final de la historia.
Cuando llegaba el encargado con la copia, otro aplauso resonaba en el Bahía.
(de mi cuento Cine de verano)
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario