domingo, 25 de octubre de 2009

Rebel without a cause, de Nicholas Ray (1955)


Hay un buen número de actores y actrices memorables en la historia del cine capaces de hacerle a uno olvidar la cámara que media entre ellos y nosotros, los espectadores. Por razones laborales he vuelto en estos días a dos de ellos. Uno es Humphrey Bogart, quien nos brinda en Casablanca algunos de los más celebres planos medios y primeros planos de la historia del cine (en este filme, el plano medio obvia la cintura y se concentra en la parte alta del pecho, los hombros y el rostro del personaje, con lo cual en realidad muchos planos medios son casi primeros planos): Rick borracho, abatido, preguntándose cómo pudo ella, entre todos los bares del mundo, presentarse precisamente en el suyo.

El otro nombre es el de Janet Leigh, quien en Psicosis sostiene magistralmente el plano frontal mientras conduce a toda velocidad el automóvil de segunda que le permite poner carretera de por medio tras el robo de los 40.000 dólares.

James Dean no pertenece a este selecto grupo. Una muerte pronta y la habitual asimilación por parte del espectador de actor y personaje se encargaron de constituirlo en un mito. Ni Rebelde sin causa ni su interpretación de un niño de papá caprichoso e irresponsable forman parte del gran cine norteamericano, por más que la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos decidiera en 1990 incluir esta cinta en su archivo de piezas protegidas como patrimonio fílmico.

Me hastían aquí su sobreactuación, su permanente estado de aparente embriaguez (pero no toma alcohol en ningún momento de la historia), su histerismo (you're tearing me apart!), sus ojos eternamente entreabiertos. Su pose en general. Me molesta sobre todo que Nicholas Ray lo pusiera en la indecorosa papeleta de defender, a sus veinticinco años, la estupidez de un adolescente (¿de unos dieciséis?) recién llegado a la escuela secundaria. Difícilmente se puede pedir mayor colaboración al espectador.

Y sin embargo, he de reconocer que casi todo en James Dean me parece cinematográfico. La privilegiada disposición en el encuadre al que lo somete la cámara, el sabio manejo del plano picado y del contrapicado, y la novedad del cinemascope son responsables en parte. De todo lo demás son responsables únicos su cuerpo y su rostro.

Algunos de los fotogramas que James Dean protagoniza en Rebelde quedaron registrados en la retina del espectador con fuerza tal que su rostro aún hoy sigue siendo considerado el paradigma del actor varonil, igualmente deseado por ellos y ellas. Por eso James Dean saltó del celuloide (como Brando, al que tantas veces fue señalado de imitar), a la fotografía, a la moda, a la publicidad.

El cine está hecho también de caras bonitas. Son necesarias. Los espectadores las reclamamos primero y las celebramos después. Puede que en algunos casos sus interpretaciones sean tópicas y que muestren más trucos que los de un viejo boxeador, pero es innegable que deseamos, entre otras mil cosas, contemplar rostros hermosos en la pantalla. Si a la belleza se suma, además la capacidad de sostener dignamente el plano a un palmo de distancia, cierto estilo en la mirada o en el modo de llevarse el cigarrillo a los labios, entonces surge la leyenda, el fenómeno de masas, los clubes de fanáticos. Fenómenos consustanciales al cine mismo.

martes, 20 de octubre de 2009

El cine en siete películas


Este post breve es para recomendar a todos (¿hay alguien ahí?) la lectura de un manual de lenguaje cinematográfico que acabo de concluir. Se trata de El cine en siete películas, de los críticos de cine españoles Pablo de Santiago y Jesús Orte. Publicado en su segunda edición por Cie Dossat 2000, Madrid, 2002.

La idea parece simple pero no es tan fácil de llevar a cabo: sistematizar e ilustrar en siete películas el conjunto de recursos estilísticos, narrativos y técnicos que hoy se consideran paradigmáticos del séptimo arte. Aspectos como los tipos de plano, el encuadre, el ángulo y el punto de vista, los movimientos de la cámara, el montaje, las transiciones, los efectos técnicos, los recursos narrativos y mucho más. Con un listado anexo de películas "que hay que ver" divididas por estilos y por géneros muy recomendable.

El trabajo es viable sólo a partir de la adecuada elección de los filmes. Y en este punto el hallazgo no puede ser más feliz: Casablanca, Psicosis, Grupo salvaje, West Side Story, El crepúsculo de los dioses, L.A. Confidential y Blade Runner.

Como quien dice que la historia del cine está contenida en estas siete obras maestras.

Sé que no me van a leer, pero igual felicito a los autores. Que sigan escribiendo, y que nosotros sigamos leyéndolo.

sábado, 17 de octubre de 2009

En recuerdo del Cine Bahía, Playa de Mazarrón (Murcia)

En la noche de nuestra despedida no fuimos a la playa a hacer hogueras, sino al cine de verano.

El Bahía tenía una inmensa pantalla entre cuatro altos muros manchados de cal. El suelo era de gravilla y la policía no se andaba con chiquitas a la hora de sacar del cine a los gamberros cuando comenzaban a lanzar chinas. Alguien se chivaba siempre, además.

El Bahía se llenaba todas las noches de julio y agosto. El cine era entonces un espectáculo reservado para fechas señaladas, y aquella lo era. Al fin y al cabo, era mi cumpleaños. Pasaban sesión doble, lo que significaba la ocasión de ver dos películas ya estrenadas en el invierno en la ciudad. La sala era un trasegar de niños subiendo y bajando el pasillo central, muchachos y muchachas esperando que apagaran las luces para descubrir el amor bajo el amparo de la cálida noche estrellada y los excitantes labios de las actrices que incitaban a besar. A veces, se oían de lejos los gritos de algún borracho obligado a abandonar la sala abucheado por el personal. Solíamos comprar en la cantina pipas de girasol o palomitas de maíz y coca-colas que debían durarnos las cuatro horas. Cuando las luces se apagaban y ese foco se prendía, realidad y ficción se fundían. Los niños gritaban a los actores en la pantalla, y cuando el malo perseguía a Clint Eastwood, le insultaban hasta que lograban hacerlo caer del caballo. De pronto, en la sala se soltaba una ovación. Lo peor venía cuando, en mitad de la proyección, alguna vez la película se quemaba. Entonces tocaba esperar a que el encargado fuera al otro cine, el Avenida, para traer otra copia. Todos nos girábamos hacia la máquina y empezábamos a silbar y a abuchear al proyeccionista que, impasible, fumaba como si le quedara toda la vida por delante. Claro, él ya sabía el final de la historia
.

Cuando llegaba el encargado con la copia, otro aplauso resonaba en el Bahía.


(de mi cuento Cine de verano)

Piratas, ¡sólo en las películas!


La empresa colombiana YOYO MUSIC lanzó hace unos años una colección de cine clásico llamada "Cine Club, Cine para Coleccionistas". Yo la descubrí hace sólo unos meses. Esta colección, que ya completa su lanzamiento número 20, consiste en la publicación a precios económicos de películas clásicas, fundamentalmente estadounidenses y europeas, pero contiene también unos cuatro números de cine mexicano.

En la medida en que el cine que más me interesa es el cine clásico estadounidense (el del viejo Hollywood), he comenzado a coleccionar las entregas. El precio no puede ser mejor: $54.900 pesos colombianos el pack de 10 películas. Si hacen las cuentas, verán que cada película sale por menos de 2 euros. Además, la calidad del paso a sistema digital es más que decente y los subtítulos al español son más que correctos.

No me llevo ninguna comisión por parte de la empresa (lástima), y sin embargo recomiendo esta colección a todos los que aman el cine. Que una empresa lance este tipo de material es tan atrevido como filantrópico.

Nunca he tenido muy clara mi posición respecto al problema de la piratería y tal vez mi opinión al respecto cambia al son en que aumentan o disminuyen mis ahorros. Por un lado entiendo la piratería como una democratización de la cultura, una opción de acceso al cine y a la literatura para el público de escasos recursos. Por otro lado (y este lado pesa mucho más), sabemos que los más perjudicados por la piratería son siempre los autores, que crean historias en la soledad de alguna habitación, los actores, los directores de fotografía, y mucha gente del oficio. Todos los de esta larga lista (que continúa) me merecen mucho más respeto y admiración que los vendedores de películas piratas que me tropiezo todos los días de camino a casa. Algunos dicen que lo hacen por necesidad, sin embargo, algo me dice que la piratería mueve muchos más millones de manera ilegal que lo que imaginamos. Además, ¿han sido acaso estos vendedores de material pirata los autores de los guiones, los actores que han protagonizado las películas, los decoradores que han creado los escenarios, los productores que se han arriesgado por colaborar con el sueño de algún joven realizador?

Más bien sólo son los encargados del "montaje".

Claro que en el pasado he comprado películas piratas (no soy ningún modelo de comportamiento), pero me he propuesto a partir de ahora no comprar material pirata de ningún tipo. Supongo que no cumpliré con este propósito, pero al menos tengo que intentarlo ¿no? No es una imposición moral, es una cuestión de respeto a los creadores. Y por qué no, de estilo.

Y cuando no pueda comprar una peli o un libro, ¡lo pediré a la biblioteca! O le diré a los amigos que me lo regalen por mi cumpleaños.

Los piratas entonces, ¡sólo en las películas!