viernes, 24 de junio de 2011

Crimes and misdemeanors (Delitos y faltas), de Woody Allen (1989)

Quiero ser muy sincero: a diferencia de muchos aficionados a su cine que hacen distinciones entre las obras maestras, las buenas películas y las películas más prescindibles, yo soy un fanático de Woody Allen. A mi gustan todas sus películas. Me gustan incluso antes de haberlas visto. Mi disposición ante cualquiera de ellas es tan optimista, que en las escasas ocasiones en que alguna me ha decepcionado un poco, rapidamente me he concentrado en rescatar cualquier elemento virtuoso que permitiera ocultar y justificar los pequeños vicios del resto de la película (todos estamos dispuestos a disculpar los pequeños errores de aquellos a quienes queremos mucho). Que conste que lo advierto.



Esta semana he vuelto a ver Delitos y faltas, película a la que vuelvo muy a menudo y que no me canso de ver. Si usted, amigo lector, disfrutó Match point y aún no ha visto esta película, sepa que el germen de la tesis que se desarrolla allá está ya en Delitos y faltas. Veamos. Judah Roshental (Martin Landau), médico cercano a los 60 años, es reconocido en la comunidad judía de Nueva York. Hombre de familia, bien situado, con un nombre en la esfera científica, se encuentra en un momento en que la vida comienza a devolverle el fruto de muchos años de sacrificio profesional. Agasajos, homenajes, reconocimientos, parece tenerlo todo a su favor. De pronto, un día se entera de que su amante (Angelica Huston), con la que ha mantenido una doble vida en los últimos años, está desesperada y dispuesta a hacer pública su relación extramatrimonial. En esta situación, Judah comienza a barajar cuál de las escasísimas opciones de escape podrá permitirle salir de este escollo sin dañar su nombre, su imagen, su familia y su honor. Como la encrucijada no admite demora y la mujer no parece dispuesta a entrar en razones, Judah lleva a cabo la acción más cobarde para salir del atolladero: paga a un asesino a sueldo y la elimina fisicamente.



Cuando Judah recapacita acerca de lo que ha hecho, siente que el mundo se le viene encima: resuenan en su cabeza las palabras del maestro rabino de la infancia, regresan a sus pensamientos las firmes lecciones morales de su padre. Siente asco de sí mismo ahora que sus manos están manchadas de sangre. Toda la arquitectura de valores aprendidos desde la niñez ha sido derrumbada por un capricho. Pasan los días, la muerte se descubre y sin embargo, Judah sale bien librado en la investigación policial. El caso se cierra y la mujer comienza a perderse en el olvido. Transcurren varios meses y Judah siente que aquel suceso se va alejando poco a poco en el tiempo, que la vida sigue, y que la suya puede volver a ser la de aquel hombre familiar, libre de cualquier riesgo que pudiera amenazar su estatus de honorabilidad ante los demás. Ha aprendido la lección, pero a qué precio.



Esta historia de dimensiones trágicas me conmueve, porque me devuelve a una serie de conceptos que hoy me parecen prioritarios para la supervivencia de la especie humana: la verdad, el compromiso, la justicia. La película nos recuerda la muerte de Dios de la que escribió Nietzsche. Una vez que la idea de Dios desaparece, ¿dónde empiezan y acaban los límites de las actuaciones de los hombres? Si no hay un poder superior y universal que determine un castigo y posteriormente el perdón tras el arrepentimiento, ¿cómo nos libraremos de la vileza del poder humano, vulgar y ominoso? Incluso sin eliminar la idea de una presencia divina, cuando nada ha ocurrido a los ojos de los demás, ni a los de la justicia de los hombres, ¿qué importa lo que ocurra a los ojos de Dios, si él nunca está aquí entre nosotros, si es posible vivir ignorándolo?



Como Woody Allen no es ningún predicador, nos deja este problemón ahí, sin resolverlo, sin cerrarlo, como un buen maestro de filosofía. Pero como desde Aristóteles sabemos que una narración no cuenta la historia real que pasó a un hombre, sino lo que es posible que pase a cualquier hombre, esta película nos intimida y nos inquieta. Dice Levy (el personaje): "cada hombre es la suma de todos sus actos" y uno desaría que fuera así, y que cada uno de nosotros tuviera solamente aquello que mereciera, que los hombres fueramos responsables de nuestros actos.



En los momentos de crisis, los sistemas que hemos elaborado en las épocas de estabilidad se desbordan y estallan. Nadie sabe cómo nos comportaremos en situaciones críticas, pero ¿puede un hecho inesperado en nuestras vidas justificar cualquier clase de acto?





1 comentario:

  1. Pues no la he visto, pero mira por dónde la voy a ver.

    Un besazo.

    María José Soriano

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