viernes, 17 de septiembre de 2010

Blindness (Ceguera), de Fernando Meirelles (2006)


En el primero de los tres cine foros que organizo semestralmente en la universidad en la que trabajo, hemos presentado la película Ceguera, de Fernando Meirelles, adaptación de la novela de Saramago. Fue nuestro particular homenaje al maestro tras su fallecimiento.

Es sabido que Saramago tuvo al comienzo reticencias ante la idea de que su novela fuera llevada a la gran pantalla. Una vez que vio el resultado, manifestó que era una notable adaptación, aunque no era perfecta, puesto que tampoco nada en la novela es perfecto. A mi me parece una excelente versión cinematográfica de la fábula más leída del premio Nobel portugués. La novela, que leí hace años, no la disfruté. Siempre pienso que a los libros de Saramago les sobran, al menos, 100 páginas. Perdón por el atrevimiento.

En el conversatorio posterior a la proyección del filme, uno de los aspectos más comentados fue el de los múltiples modos de interpretación del símbolo de la ceguera. No se trata de adivinar qué quiso decir el autor, algo que ni interesa ni es posible saber (ya que una cosa es lo que el autor quiso decir y otra lo que efectivamente dijo). El ejercicio hermenéutico es el de confrontar el mundo del texto y el mundo del lector -siguiendo la propuesta ricoeuriana- y presentar el resultado de ese encuentro. Los grados de comprensión de este símbolo fueron muy dispares como era de esperar, porque es un símbolo muy ambiguo.

Desde mi punto de vista, la ceguera es una forma de representación de los estados de crisis en los que todos nos vemos envueltos en el proceso de la vida, la intrusión casi siempre brutal de lo inesperado, la ruptura de una ficticia linealidad. Ceguera es una narración visionaria, de anticipación, de ciencia ficción, si uno quiere, pero no es una historia en la cual se invente mucho. Saramago, como Philip Roth o John Cheever, no inventan mucho. El experimento al que son sometidos los personajes es el de la suspensión de la armonía y el equilibrio natural a los que habitualmente tendemos, y esto es algo que a todos nos sucede varias veces en la vida. Deseamos y anhelamos la normalidad porque nos produce cierta paz de espíritu, pero necesitamos la crisis porque sólo en las situaciones extremas se produce el aprendizaje y el mejoramiento del ser. Estanislao Zuleta dejó escrito en su ensayo más conocido que ansiamos una vida sin riesgos, pero desconocemos que eso sólo nos traerá carencias y ausencia de deseo.

¿En qué momento comenzamos a aceptar con naturalidad la vida, esto que creemos poseer, este instante preciso, nuestra existencia? Saramago reformula así la pregunta sobre la cual gira la toda la ontología de Heidegger: ¿Por qué el ser y no, más bien, la nada?

Hay que repetirlo a diario: cualquier supuesta estabilidad es sólo pasajera, ilusoria, temporal. La ley de la entropía, la teoría del caos, el principio de incertidumbre demuestran que nuestras vidas, al contrario de lo que pareciera, tienden al desorden. Son los estados críticos los que debemos empezar a aceptar con naturalidad, a riesgo de tener que subvertir todos nuestros valores actuales. Es fácil hacer juicios de valor sentados en la comodidad de nuestra transitoria seguridad, pero cuando ésta se descomponga, nadie sabrá cómo nos comportaremos. Este momento en que escribo, el encuentro fraternal con los amigos, la conversación íntima, la cercanía de los hijos, la presencia de los padres, son algo momentáneo, fugaz. Todo aquello que no disfrutemos y valoremos en el presente se convertirá en un anhelo en el futuro.

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